Ceuta, Tensión, Política
8/3/20265 min read
Notas de campo
El verano atraviesa con placer la ventana de mi habitación. Me asomo al balcón. A lo lejos, el peñón de Gibraltar se eleva sobre la otra orilla del Mediterráneo. Me parece imponente una figura mítica que logra cautivar la imaginación, los deseos, la materialidad de un lugar que primero se debe atravesar para luego ser conquistado.
Tuve suerte de encontrar esa habitación de hotel ayer porque hoy se nota atestado de funcionarios españoles, entre ellos médicos forenses, periodistas, policías judiciales, agentes antidisturbios y militares de todo tipo. Alerta máxima. La frontera española se prepara para el peor escenario, aunque la batalla se juega en las calles de Ceuta. Me tomo un café, salgo hacia la selva urbana. Se especula que otra oleada de migrantes llegará próximamente (según la dark web).
Las mañanas españolas son lentas porque la luz en verano dura hasta muy tarde; pasadas las 9 AM, los negocios apenas empiezan a abrir. Volví a los mismos lugares de anoche, rastreo el movimiento, los rostros de personas que busco diferenciar, sean locales o foráneas, los rasgos étnicos, o al menos la idea que me hago sobre esto me recuerda cómo Occidente se imaginaba Oriente siglos antes, lo que Edward Said denominó "orientalismo". También yo caía en esa trama especulativa de pensarme al otro, étnicamente orientado hacia lo fenotípico: lo "Blanco/caucásico" frente a lo "Negro/africano".
Esta matriz de pensamiento podría ser fácilmente interpretada como racista en la sociedad contemporánea occidental; podría ser juzgado por pensar así si yo no fuera extraeuropeo, y, más allá de estas conjeturas, es la primera vez que me sitúo en el norte de África. Aunque Ceuta simule ser una extensión de Occidente, se recrea en un territorio usurpado a otra civilización, una que siglos antes deslumbró al mundo y casi conquistó Europa. Y necesita ser así: debe deslumbrar al otro, al vecino; por eso, los monumentos y la infraestructura han de exhibirse de manera imperial. Me da la impresión de que camino sobre una burbuja de concreto que busca manifestarse no solo haciendo circular el poder institucional con tanquetas policiales por sus calles, sino también el poder de una identidad étnicamente más limpia.
Y claro que los inmigrantes que recientemente cruzaron la frontera son más oscuros que los españoles de Ceuta, pero, sobre todo, son más jóvenes. Yo los vi en video, en el noticiero, en fotografías; he visto sus cuerpos, ahogados en la playa, una imagen que me recuerda la tragedia que cientos de inmigrantes vivieron al cruzar la selva de El Darién.
Me los encuentro en la calle con facilidad. También yo he sido migrante; me reconozco en ellos porque van sin rumbo fijo, deambulan de un lugar a otro, pero siempre en grupo: un hermano no deja al otro. De eso se trata el islam, hermandad. Aunque me reconozco como etnógrafo, la cámara es mi medio de comunicación. Ellos y yo no hablamos la misma lengua, pero nos entendemos. Hago una seña con la cámara y ellos vienen hacia mí, preguntando de dónde soy, en un inglés o en un español escaso pero muy humano.
-Amigo, amigo, tomar foto, a picture-
Luego de caminar un poco por la orilla de un risco frente a la costa, doy con una pequeña plaza plagada de autos policiales, un museo de la Legión Española y, por supuesto, una decena de jóvenes sentados en los alrededores, delgados, sucios, pero sonrientes. Ellos se dejaron retratar; interactuamos durante mucho tiempo, aunque no pude profundizar en sus narrativas. Luego de un tiempo, la policía me obligó a retirarme del lugar porque está prohibido tomar fotos de vehículos institucionales, una vecina o dueña de una tienda me gritó:
—¡¿Por qué no te los llevas de aquí?! —
—Ojalá y me los pudiera llevar a Colombia —respondí.
Mi respuesta fue más automática que reflexiva, con un efecto beligerante frente a una actitud de fastidio que no me gustó, pero entiendo su disgusto. Esos jóvenes estaban esperando a sus amigos, quienes seguramente estaban siendo interrogados, registrados o detenidos por la policía. Intercambiamos números de teléfono con la promesa de compartir mis fotografías; eso lo hice días después.
Se me hacía tarde; el sol golpeaba con fuerza y ya no me quedaba mucha batería en la cámara. Decidí volver al hotel para buscar mi equipaje. En ese trayecto me topé de frente con un grupo de jóvenes; de nuevo, la cámara me acercó a ellos. Mientras se acercaban, posaban, se reían, sonreían. El más joven hablaba un inglés fluido; finalmente pude entablar una conversación profunda sobre sus experiencias de vida. Hacían parte del millar de migrantes que, días antes, desbordaron la frontera. ¿Espectáculo, realidad, simulación? La controversia mediática que suscitan las narrativas sobre estos hechos me genera sospecha.
El futuro, entre otras cosas, es el concepto central que se despliega en la narrativa de los migrantes con quienes he podido conversar. Las bases materiales del presente dan forma a una idea del pasado: la fuente que impulsa y justifica movilizarse y desarraigarse de un lugar. Una idea simple, pero que oculta una dimensión sociológica más compleja de la narrativa. A continuación, la entrevista.
Él es un menor; describe muy bien sus motivos; no parece que le costará aprender español si cruza al otro lado del Mediterráneo; su narrativa es impecable porque conoce en detalle cómo, legalmente, el gobierno español responderá según su edad. Siendo menor de edad no acompañado, se le ofrece la posibilidad de ser reubicado en Ceuta y, posteriormente, en España.
Sin embargo, sus amigos se encuentran en un limbo migratorio al ser mayores de edad. ¿A qué se atienen ellos? Simple, a la espera. Pero esperar tiene un costo, y esto es un aspecto que diferencia a esta masa migratoria de otras que he rastreado en fronteras como la de El Darién, territorios de extrema rudeza para transitar debido a sus peligros naturales y a la gestión criminal en su interior. Por otro lado, los costos del movimiento durante el recorrido se incrementan. No hay forma de quedarse en el lugar a la espera, a menos que la persona haya sido retenida, legal o ilegalmente, por otros actores.
Lo que he visto desde mi primer día en Ceuta es la tranquilidad que transmiten los jóvenes inmigrantes; el dinero fluye en las casas de cambio, algunos llevan teléfonos de alta gama y los hostales están llenos. Aquellos que lograron entrar a la ciudad por medio de lo que los locales reconocen como un "asalto" se han establecido, se mantienen y juegan al desgaste, mientras que quienes esperan viven al margen, bordeando la ciudad.
Luego de concluir esta entrevista, me dirigí de nuevo al hotel. En el camino conocí a otros jóvenes, uno de 15 y otro de 14 años, que mendigaban una moneda. La comunicación con ellos es limitada. Recojo mis maletas en el hotel y veo a más periodistas y militares llegando y saliendo. Toda crisis es una oportunidad, los hoteles se enrriquecen mientras cientos de personas duermen en la calles, esperan...esperan. Me espera el viaja a la frontera.
Reflexiones I
Reflexiones II
Galeria de rostros/migrantes





