Cruce de frontera Ceuta-Castillejos
Diario etnográfico, tercer episodio
8/3/20264 min read


Notas de campo
Luego de salir del hotel rumbo a la parada de autobús, me encontraba con una paradoja simple: ¿qué ruta debo tomar? —Pensé para mí mismo. Luego de preguntar un par de veces, descubrí que solo hay una salida hacia la frontera. Caminé al parador; según su cronograma, debía esperar 20 minutos para tomar el próximo. Decenas de transeúntes pasaban de un lado a otro, entre turistas, residentes y migrantes estacionarios. La tienda de lotería y de cambio de divisas estaba rodeada por esos jóvenes que hace unos días cruzaron la frontera nadando.
Me sentía cansado; ya eran pasadas las 2 pm. Intenté sacar fotos sin el consentimiento de unos chicos marroquíes que estaban sentados frente a una gran puerta; me lo impidieron. Me cuestioné si lo hubiera querido hacer de ese modo, pero la fatiga y el calor de la hora no me dejaban pensar con claridad. Le mostré mi teléfono al joven, quien me pidió respetuosamente que borrara cualquier foto en la que apareciera él; no hizo falta. Tienen miedo de ser expuestos públicamente en sus países; desconfían de la prensa, de cualquier persona. En Marruecos, la policía secreta trabaja de esa forma; a diferencia de España, en su país los castigos tienden a ser menos condescendientes o humanistas.
Me senté bajo el pórtico de esa gran puerta junto con ellos… Esperando. Una mujer llamó mi atención: —¿Qué haces sentada aquí? —Pregunté después de que ella me hizo un comentario. Ella también había cruzado a nado la frontera; entre un inglés y un español a medias, intercambiamos algunos comentarios. Deseaba traer a sus hijas, a quienes dejó porque no se sentía segura en su país. En otras palabras, huía de su cultura. "Pienso de otra manera mi vida y eso me trae problemas con mi comunidad", afirmó ella.
En televisión y en las calles de Ceuta se observan pocas mujeres. ¿Dónde están ellas? ¿Por qué, en su mayoría, son hombres jóvenes quienes migran? Estas simples preguntas me vienen a la cabeza después de comparar la situación de Ceuta con otros escenarios migratorios, como, por ejemplo, lo que sucede en las Américas; allí, las proporciones pueden ser equiparables a las de los hombres.
En Marruecos, la división sexual y social del trabajo parece atravesar, desde lo más bajo, la dinámica cotidiana de la cultura en los espacios urbano y rural. La religión fomenta la formación de una esfera pública o privada simbólicamente autorregulada por una supuesta jerarquía masculina velada por la religión islámica. Dicho de otro modo, esta mujer encaja precariamente dentro de ese orden político que la eleva o la arrastra hacia el purismo simbólico/divino de lo que significa ser mujer, madre, hermana en su religión.
Su mirada era triste; le desbordaba el deseo de irse a España. Volver con su familia no era una opción para ella; por mi parte, no alcanzo a imaginar qué futuro le espera en una cultura en la que ser una mujer "libre" es una excepción, y ella lo sabe. Dos hijos, dos exmaridos, —¿Cuánto más impura puede llegar a ser ella? ¿Esperar que un hombre occidental la salve, una ONG, el gobierno de Sánchez? —Pienso para mí mismo mientras veo el autobús que se acerca al parador y sigue de largo sin detenerse. Intercambiamos teléfonos, me pongo ansioso, me despido, corro detrás del autobús… lo pierdo.
De camino hacia la otra estación veo a otros migrantes caminando hacia el puerto, me piden dinero, sigo de largo. - Te veo perdido, ¿para dónde vas? - me preguntan una pareja de españoles al verme intentar comprar agua en una máquina dañada de una estación de gasolina, "de camino a la frontera, ¿dónde está el parador?", repuse yo mientras ellos fruncían el ceño sorprendidos, -! menudo rollo hay ahí chaval!, ten cuidado- me dijeron por último deseándome suerte. Me subí al bus.
Fuera del centro turístico de Ceuta, el autobús serpentea entre sus estrechas calles. Tuve suerte de hacerme cerca del conductor porque no cabía otra persona más detrás de mí. El conductor seguía recogiendo pasajeros, dando indicaciones y solucionando problemas con el aire acondicionado mientras me explicaba cómo las condiciones socioeconómicas de la ciudad se han venido abajo en las últimas décadas, de ser una ciudad productiva con una modesta industria, cultura operaria, a convertirse en un ambiente lleno de funcionarios, —¿Qué se espera de una ciudad así para trabajar-? — se cuestiona él relacionando sobre la crisis migratoria en la frontera, pero también en lo que representa los cambios en el mundo y la cultura laboral española del presente siglo. -"Es que no hay para todo el mundo tío, estos chabales llegan aquí a vivir de qué sí ya no hay fábricas- exclama él, y por último me advierte que tenga cuidado, -nos van a linchar del otro lado, eso está chungo, dicen en la radio que van a darle palo a los españoles-.
Llegamos a la última estación, justo enfrente de la famosa escena que marcó el giro lingüístico y mediático de la crisis migratoria. La imagen que se repite cientos de veces en todos los medios representa la estampida de una horda, una masa salvaje de personas que rompe una frontera enrejada. ¿Apocalipsis, invasión zombi, cataclismo global? Esa imagen hiperbólica contrasta con la realidad que veo. El lugar está protegido por un par de vehículos policiales; sobre el mar se extienden bollas desde el final del rompeolas para dificultar el cruce a nado. Como es costumbre, cientos de migrantes caminan entrando y saliendo del puesto migratorio del lado español.
Respiro profundo mientras retrato con mi cámara lo que me parecen rastros significativos de lo ocurrido días antes, busco pistas que me ayuden a entender cómo en un lugar así sucedió algo de esa magnitud. Me interesa conocer esa geografía, identificar de qué modo se circula de lado a lado y cómo operan los dispositivos de seguridad y de nacionalidad. Me falta muy poco para atravesar este enclave urbano; siento la incertidumbre y los usuales nervios que todo colombiano experimenta (no sé por qué) en cada frontera.









