De camino a Ceuta; apuntes para una etnografía política de la migración Sur

Diario etnográfico, primer episodio

10/10/20262 min read

Notas de campo

He cruzado al continente africano por primera vez en mi vida. Me siento lleno de entusiasmo, pero al mismo tiempo estoy lleno de preguntas sobre el problema reciente que ha experimentado el enclave de Ceuta debido al caos masivo que cerca de 50.000 migrantes provenientes de Marruecos y sus periferias provocaron en este territorio de España-UE.

Mi primer desafío al llegar fue descubrir que la reserva del hotel que hice el día anterior no estaba en Ceuta, sino en una ciudad vecina de Marruecos; me sentí engañado por Booking o traicionado por mi propia ignorancia geográfica. Eran pasadas las 9 pm; me sentía cansado. Llevaba viajando todo el día, sumado al verano sofocante de este hemisferio, que ya me llevó a descubrir cómo la inmigración masiva logró implosionar los servicios hoteleros. Busqué en Airbnb y otras plataformas una habitación económica; nada: lo único posible superaba los 200 euros por noche. No sé si tuve suerte o si estaba desesperado por descansar, pero conseguí una habitación a mitad de ese precio –lo más caro que he pagado en mi vida por un hotel–.

En la ciudad, jóvenes migrantes, en su mayoría hombres, deambulan. La noche es movida: fluyen caudales de personas por las calles del centro, una mezcla de modernidad, republicanismo, barroco y tiempo medieval.

Acudí para hablar con un policía, procurando tantear sus conocimientos sobre el tema migratorio como una forma de acceder a información. El oficial me advirtió que tuviera cuidado en la frontera —esos marroquíes son unos piratas—, afirmaba ese oficial de carretera, y luego me indicó la ruta hacia un hotel. La tensión se siente, también la ignorancia, los prejuicios o simplemente la costumbre de los locales de enfrentarse tanto a las narrativas como a los conflictos interculturales que estas tensiones migratorias interpelan en sus vidas cotidianas. Antes de llegar, me senté a fumar un cigarrillo junto a dos jóvenes que estaban sentados en una banca en la vía principal. Inmediatamente entré en conversación con ellos, el cigarrillo fue el vínculo.

Al ser Ceuta un enclave urbano tan pequeño, se puede presumir que su población viaja con frecuencia por el territorio fronterizo, pero no: la mayoría de las personas a quienes pregunté sobre la frontera me dijeron que no conocían nada o muy poco de Marruecos. Lo mismo sucede con la comprensión política de la migración, aunque exista una posición clara para algunos, —esos jóvenes invasores deben irse—.

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