Vidas infames: epidemia de basuco, crisis de salud mental y supervivencia humana en el Caribe colombiano. El otro fracaso de nuestra nación.

Diario etnográfico: drogas, adicción, ciudad.

10/29/20265 min read

Durante meses he deseado escribir este artículo pensando en los habitantes de calle que he conocido en ciudades como Barranquilla y Cartagena. Entre 2012 y 2013 realicé un proyecto etnográfico que culminó con la publicación de mi primer libro, Sobreviviendo con la pipa. El lugar donde ocurría todo se llamaba El Paraíso: un nombre irónico, una verdad a medias que reflejaba la realidad para unos y el infierno para otros. Todo es cuestión de perspectiva. Me interesó investigar el consumo de pasta base de cocaína en un barrio céntrico de Quito; conviví durante un año con vendedores de esta droga y con sus usuarios. No fue fácil estar ahí; la vida de esas personas es dura. La experiencia de vivir en la calle se puede resumir como una selva: sobrevivir requiere ser estratégico; todos están al acecho; te asocias o mueres; eres victimario, víctima o tú mismo te exterminas; anulas tu existencia frente a los ojos de otros, recogiendo basura, fumando basura química.

Me parece infame vivir así; me pareció infame presenciar cómo algunas de esas personas apagaban sus vidas mientras yo miraba. ¿Por qué lo hacían ellos? ¿Por qué yo lo presenciaba? Por un lado, debía escribir una tesis para convertirme en magíster en antropología; por el otro, algo en esas personas me reflejaba. No lo entendí sino catorce años después, cuando por curiosidad caí en un consumo recreativo que se convirtió en adicción. De esto no se puede hablar cuando se escribe una tesis, ni en ningún otro momento: al tratarse de una de las sustancias más tóxicas, adictivas y estigmatizadas que existen, la persona es de inmediato descartada, señalada, juzgada. Eso provoca un silencio forzado: aislarse, esconderse. Mejor hacerlo a solas, aunque las consecuencias de esconderse de la mirada de los otros sean peores.

Mientras instalaba mi exposición Vidas en la periferia en la Secretaría de Cultura de Barranquilla, descubrí en sus alrededores un sombrío lugar de tránsito de habitantes de calle y, no muy lejos de ahí, de consumidores de basuco (basura de cocaína). Ese día recaí; el tiempo pasa, pero el cuerpo nunca olvida lo que le da placer. Con los meses, pasé de visitar ese sitio oscuro y marginal de Barranquilla a frecuentarlo con regularidad. No perdí la cabeza del todo; era consciente de lo que estaba sucediendo, aunque mi cuerpo me empujaba a calmar una profunda angustia existencial que no comprendía del todo. Y eso me estaba pasando a mí; no quiero ni imaginar qué pasaba por la cabeza de las personas de esos territorios sucios, marginalizados, estigmatizados, incluso violentos.

Al principio me dejé llevar por la curiosidad etnográfica. Catorce años después de mi primera inmersión en ese tipo de contexto, yo era otra persona, igual que la población de adictos que he venido observando en ambas ciudades. En Ecuador me interesé por estudiar cómo se relacionaban la economía del consumo de drogas y la desigualdad étnico-racial. Pero ya no buscaba escribir una tesis: con ellos tejía un vínculo común, una sustancia que sustrae al sujeto de la realidad y de una historia personal que, desde afuera, no resulta fácil de comprender, sobre todo para quienes nunca han tenido una crisis de adicción. Detrás de ella se esconden aspectos cognitivos, emocionales e incluso espirituales que escapan al sentido común y a las ciencias del comportamiento.

Jacobo Grinberg hablaba de la lattice, un tejido de energía que, según su teoría sintérgica, conecta a quienes vibran de manera similar. Yo no puedo probarlo, pero así lo sentí: como si un campo invisible nos atrajera a quienes consumíamos, más allá de las afinidades morales o de la elección. Lo que sí vi es que el basuco degrada el sistema nervioso y, al consumirlo, degrada físicamente a la persona e incluso el hábitat que la rodea. Espacio y sujeto, en una sinergia de autodegradación mutua.

Se puede llamar a esto cultura urbana, tribus contemporáneas, consumidores o adictos en situación de calle, desechables, o sujetos en busca de un sentido de vida que hace mucho perdieron. Cualquiera de esas categorías puede ser correcta, porque al final se trata de humanos, y eso no lo podemos olvidar. Estas personas tienen rostro. Muchos me abrieron su intimidad, me compartieron sus testimonios de vida (de los cuales no vengo a hablar aquí) y me mostraron sus espacios de consumo. No hace falta reflexionar demasiado sobre estas imágenes para notar que sus rostros y cuerpos están cargados de cicatrices, desgaste y sufrimiento. La calle es dura. No me interesa romantizar la calle, las drogas ni la indigencia. Me interesa reflexionar sobre una enfermedad que todas estas personas padecen: la adicción al basuco.

Un dolor intenso en el alma. Cualquier adicción esconde un profundo malestar. Ellos eran mi espejo: durante cerca de seis meses me autodestruí mientras tomaba los retratos que componen este artículo. ¿¡Cuál observación participante!? ¡Una mierda! Entre la gracia que representa la vida, perdí el norte; me costó casi un infarto recobrar un propósito que ya no tenía. La ansiedad que ese malestar desataba en mí era tan fuerte que la domaba con la pipa, como ellos también lo hacen.

Los académicos, como yo, creíamos que este tipo de situaciones se podía entender de manera objetiva, a partir de relaciones sociales causales. Hemos olvidado que existe un universo paralelo, ajeno a la razón, donde la razón no tiene cabida: el alma, la vida. La academia es miope. La respuesta está afuera del cuerpo. Ojalá todos tuviéramos la capacidad de revertir las historias ancestrales que manifiestan este profundo malestar. En mi caso, tuve que huir; en su momento perdí esa batalla. Pero agradezco a ese momento lo que me enseñó: desde un pozo tan oscuro, volví a la claridad y a estar en el mundo.

Lo que la calle me enseñó

La adicción al basuco es, antes que nada, un asunto de salud pública, aunque se gestione como un problema de orden público. Hay que empezar por deshacer un prejuicio: no todos los habitantes de calle consumen esta sustancia. En el último censo del DANE en Barranquilla, el basuco era la droga más consumida, pero por un poco más de un tercio de las personas censadas. Vivir en la calle y ser adicto no son lo mismo, aunque la ciudad los mire con los mismos ojos.

En Cartagena, mi observación sociológica es que la calle tiene color y clase. No tengo cifras que lo midan, pero en los lugares de consumo que recorrí, la mayoría de los cuerpos eran negros y venían de los barrios pobres de la periferia. La pobreza monetaria, la pertenencia étnica, la indigencia y la adicción parecen entrelazarse allí de una forma que merece estudiarse con más detalle. A eso se suma la salud mental. Adicción, enfermedad mental e indigencia no son tres problemas, sino uno solo, que se alimenta a sí mismo.

Y hay violencia. La que ejercen entre ellos, pero también la que reciben de quienes deberían protegerlos: el abuso policial, los desalojos, los golpes que nadie denuncia porque nadie va a escuchar a un «desechable». Eso abre una pregunta incómoda: ¿son sujetos de derechos? Desde 2013, la Ley 1641 dice que sí y ordena una política pública para ellos. Pero ¿quién vela hoy por sus derechos humanos en Barranquilla y en Cartagena? En lo que yo vi, nadie. La gobernanza local sobre estas personas ha sido fallida: oscila entre la invisibilidad y la expulsión, y deja su cuidado en manos de iniciativas privadas, iglesias y organizaciones que hacen lo que pueden.

Con el consentimiento de mis colegas, amigos y hermanos habitantes de calle y adictos al basuco, dedico este escrito a ellos y a una pregunta que los gobiernos locales de Barranquilla y Cartagena siguen sin responder: ¿qué hacer con quienes la ciudad prefiere no ver?

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